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Buscar, confiar y entregar: el proceso del coaching.

  • Foto del escritor: Monica Vettorazzi de Ritz
    Monica Vettorazzi de Ritz
  • 6 jun 2019
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 9 abr


¿Qué lleva a una persona a buscar ayuda en otro ser humano?


En el camino del coaching, hay tres acciones fundamentales que se repiten constantemente: buscar, confiar y entregar. Cada persona que llega a un proceso de acompañamiento lo hace porque hay algo en su vida que le aqueja, algo que necesita ser comprendido, ordenado o transformado.


Mi trabajo como coach está profundamente relacionado con el campo de la salud mental y emocional. Cada día, las personas llegan a mí buscando respuestas, confiando en el proceso y entregando una parte de su historia, de su dolor o de su confusión.


Mi respuesta ante ese encuentro es clara: acoger, amar y asistir. En esa interacción, se genera una dinámica profunda, casi una danza, donde la vida me ha permitido vivir experiencias de gran aprendizaje, satisfacción y gratificación.


No todos los procesos comienzan de la misma manera. Hay personas que llegan con cierta claridad, pero desordenadas. Otras llegan sin claridad, sin dirección y sin estructura. Y en algunos casos, las personas llegan claras y ordenadas, pero sin empoderamiento para actuar.

El rol del coach es acompañar al cliente desde sus propias necesidades. Preguntar, escuchar y observar se vuelven herramientas esenciales para comprender qué es lo que la persona desea, cuál es la razón de su búsqueda y qué es lo que le genera mayor distorsión en su vida.


En cada proceso, mi trabajo consiste en percibir el estado emocional y mental del coachee y acompañarlo paso a paso hacia un estado de mayor claridad y orden. El objetivo no es decidir por la persona, sino facilitar que pueda tomar sus propias decisiones desde un nivel más consciente.


A lo largo de una sesión, es posible percibir cambios en la energía del cliente. Así como un termómetro mide la temperatura, el coach puede observar el estado emocional inicial y acompañar su transformación hacia un nuevo estado interno.

Desde una mirada más profunda, este proceso puede comprenderse como una transmutación. El paso de un estado de confusión, dolor o bloqueo hacia un estado de mayor paz, claridad y bienestar.


Cuando la persona alcanza un estado de mayor paz, su mente comienza a procesar de manera diferente. Se abre a nuevas posibilidades, considera alternativas y se dispone a actuar. Sin embargo, no se trata únicamente de actuar, sino de hacerlo con coherencia: alineando pensamientos, emociones e interpretaciones.


La ontología propone que cada ser humano llegue a ser su propio coach. Que pueda acompañarse a sí mismo con claridad, honestidad y responsabilidad. Por eso, una parte esencial de mi trabajo es ofrecer herramientas que permitan a las personas comprender, ordenar y transformar su propia experiencia.


El verdadero valor de un proceso de coaching no está en la sesión, sino en la transformación que ocurre después de ella. Cuando una persona logra cambiar su manera de sentir, pensar y actuar, se produce un cambio real en su vida. Y ese es, sin duda, el mayor logro de un proceso de acompañamiento.


¿Cuál es la mejor recompensa para un coach?

Que la persona que llegó en búsqueda, confianza y entrega, salga transformada en emoción, en pensamiento y en acción.


Te invito a reflexionar sobre tus propios procesos:¿En qué momento de tu vida has necesitado buscar, confiar y entregar?


Si este tema resuena contigo, puedes conocer más sobre mis procesos de acompañamiento y continuar explorando este camino de consciencia a través de mi libro Mi despertar puede ser el tuyo. Historias admirables de sanación.

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